El Regreso a Casa
(la auto historia vocacional de José Miguel Portillo CSSp)
Toda decisión implica una renuncia, es la frase que más escuché a lo largo de mi formación espiritana. De alguna u otra manera es válida tal afirmación. En el camino vocacional nunca se escoge entre una cosa buena o mala, siempre se hace entre dos opciones buenas, y allí reside el desafío de hacer un buen discernimiento para descubrir en donde el corazón late más fuerte, pero al mismo tiempo se siente sereno y en paz.
Así empieza mi historia vocacional.
¡Hola! Soy José Miguel Portillo, tengo 33 años, hijo de Gladys Norma Portillo y José Benjamín Gauto, nacido en Naranjito, distrito de General Resquín, departamento San Pedro, Paraguay. Crecí con mi familia materna, mi abuela Nonita y mis tías Teresa, Graciela, Rafa y Amy. Soy el único hijo de mis padres juntos, tengo 3 hermanos y 1 hermana; Adrian y Ruth hijos de mi mamá con mi padrastro Tomás; Abner y José hijos de mi papá con la señora Ninfa. Fui criado en un ambiente de mucho cariño y respeto, entre mujeres de mucha garra, que salieron adelante gracias al esfuerzo, estudio y dedicación. Toda mi formación primaria y secundaria las realicé en Naranjito, la primaria en la Escuela Básica Sagrada Familia y la secundaria en el Colegio Nacional General Marcial Samaniego.
Siempre fui un chico curioso e hiperactivo, deseoso de llegar a ser alguien importante en la vida, de niño soñaba en ser astronauta, médico cirujano o profesor universitario; siempre soñé en conocer el mundo e ir prestar servicio humanitario. Las enciclopedias me permitían volar con la imaginación. Por ser un chico abierto, desde muy temprano me integré a grupos juveniles de mi comunidad, al grupo de danza, a la escuela de fútbol, fui voluntario en comunicación en una ONG, locutor en una radio comunitaria, y pronto (15 años) formé parte de los agentes de pastoral de mi comunidad eclesial San Juan Bautista.
Participaba de muchos encuentros, retiros y campamentos juveniles, cursos y capacitaciones de liderazgos. Entre esas aventuras de evangelizar a otros jóvenes, servir a la comunidad y tornarme un agente promotor de los valores humano conocí a una persona que movió toda mi estructura. Teniendo 15 años mi querida amiga la hermana Norberta, religiosa de las Hnas Azules me cuestionó sobre si no me gustaría tornarme un apóstol de Cristo, me acuerdo muy bien su pregunta – che korasõ nde piko ndereipotai oiko ndehegui Hesucristo apóstol? – aquella expresión tocó mi corazón profundamente, pero el miedo y desesperación delante tal compromiso, me llevó a responder rápidamente que no, que jamás entraría al seminario, delante de mi respuesta ella nada más dijo, no es para que me respondas ahora mismo, piensa, reza, guarda en tu corazón y deja que Dios actúe en tu vida. Así fue.
Dos años después de aquella pregunta, decidí aventurarme al desafío de ver en mi interior si cuál era el llamado de Dios en mi vida, entré a los “Jesuitas”, fueron dos increíbles años de acompañamiento vocacional. No obstante, mi inmadurez no me permitió proseguir con mi proceso con dicha orden religiosa. Mis sueños de ser alguien importante no me permitieron escuchar profundamente la voz de Dios de en mi corazón.
Abandonando mi proceso vocacional con los Jesuitas, me coloqué en las filas de la Facultad de Medicina de la UNA (Universidad Nacional de Asunción), fueron otros casi 3 años de mucha experiencia y crecimiento humanos, que despertaron otras cosas en mi interior; cuanto más iba llenando mi ego hacia la realización de aquella pretensión de ser alguien reconocido, importante y famoso, mi espíritu se empobrecía. No obstante, Dios iba obrando en mi vida que llegué a una etapa de mi vida que necesité parar y preguntarme – José Miguel, ¿qué es lo que realmente quieres para tu vida? estás en el proceso para ser médico, pero, ¿no estás completo, feliz?; yo sentía que me faltaba algo, mi corazón ansiaba algo más que realización personal, algo más que el simple hecho de llegar a ser alguien reconocido, mi corazón buscaba y quería más que eso.
Entonces, decidí acudir a mi madrina vocacional, la hermana Norberta quien me ayudó a discernir y descubrir qué me estaba pasando; Dios me había llamado a ser su apóstol y yo necesitaba dar mi respuesta concreta y generosa. Ella me encaminó a mi casa, digo “a mi casa” porque me llevó a los “Espirítanos” que según ella me ofrecerían lo que yo buscaba y me encontraría como persona y como religioso en dicha congregación. Yo llamo a aquel proceso, “el regreso del hijo pródigo”, yo pertenezco a una parroquia espiritana, toda mi formación religiosa cristiana es espiritana; entonces, cuando la hermana Norberta me direccionó a los Espirítanos, yo estaba volviendo a casa y regresaba para nunca más salir.
Siempre fui espiritano, lo sé, pero lo confirmé hace unos días (3 de agosto de 2019) cuando di mi sí definitivo a Dios, Uno y Trino a través de la profesión de mis votos perpetuos al apostolado en la Congregación del Espíritu Santo bajo la protección del Inmaculado Corazón de María, “Espirítanos”. Para llegar a donde estoy hoy, pasé por un largo proceso de formación en la congregación; hice un tiempo de acompañamiento vocacional, otro tiempo de experiencia de vida comunitaria, 4 años de Filosofía, 1 año de noviciado, toda esta etapa la hice en mi país Paraguay; después 2 años de experiencia misionera en Ghana – África; actualmente estoy concluyendo el 4° y último de Teología en San Pablo – Brasil. Como espiritano me encontré, como persona y religioso misionero consagrado, fue un proceso largo, pero estoy aquí sereno, en paz, feliz y realizado en mi vocación espiritana, viviendo la alegría de ser espiritano en un sólo corazón y una sola alma.





